Cuando visité con unas amigas el Cementerio de Fisterra de Cesar Portela, una de ellas (¡hola Rebe!), cuya profesión no está relacionada para nada con la arquitectura, dijo lo siguiente:
– Me gusta. Porque no parece que sea un cementerio.
Y entonces lo vi con otros ojos.
A estas alturas, practicamente todo el mundo está enterado de la demolición de la casa Guzmán del arquitecto Alejandro de la Sota. Uno de los hijos del propietario original decidió derribar la casa. La Fundación Alejandro de la Sota, se ofreció a buscar un comprador, uno que sí apreciara la calidad de esta obra permitiendo así su conservación. Pero no tuvimos esa suerte.
No voy a entrar en juzgar al despropósito que hoy en día sustituye a aquel estupendo ejemplo de la arquitectura española contemporánea.
En algún lado leí una frase atribuida a Benedetti que dice que “de eso se trata, de coincidir con gente que te haga ver cosas que tú no ves. Que te enseñen a mirar con otros ojos”
Así que la modesta intención de este post es tratar de mostrar con «los ojos» de De la Sota esta casa, que fue uno de sus últimos proyectos.
La vivienda estaba situada en una parcela bastante grande. Y sin embargo no era de gran tamaño. Su verdadero valor se basaba en su calidad espacial e integración con el paisaje.
Como explicaba el arquitecto, la casa se apoya como un elemento sólido en un medio líquido que es la parcela, encontrando, como si de un barco se tratase, su línea de flotación para permitir la vistas sobre el valle del Jarama y verse envuelta por el jardín que la rodea.
La casa Guzmán guardaba una relación respetuosa e íntima con el lugar, aprovechando al máximo sus cualidades.
La casa, que se terminó hacia 1972, se abría totalmente a sus terrazas. En palabras de De la Sota «Parece una tontería, pero es así, es la gran novedad. Estar dentro de tu casa y que en ella penetre el jardín, que no pises una raya al pasar de dentro a afuera».
Además la gran cantidad de vegetación de la vivienda hacía que se diluyera aún más ese límite entre interior y exterior.
Los dueños originales amaron esa casa durante los 23 años que en ella residieron y fueron conscientes de que era una de las más significativas obras de De la Sota.
Y tal vez, eso sea una de las cosas más difíciles de conseguir para un arquitecto. Que alguien vea lo que él ve.
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